Para comprender el sentido de la actuación de un profesor es importante ubicar su función dentro de las finalidades propias de una organización particular como es la educativa. Organización que adopta su sentido en la medida que actúa, desde una perspectiva de mejora. La institución educativa es un espacio de realización que tiene un papel determinante en relación con los procesos de innovación porque en ella trabaja el profesorado, y es en ella donde construye el sentido de sus prácticas profesionales, así como sus propuestas de cambio.
La meta de la mejora en educación, no es otra que la formación de ciudadanos críticos y transformadores, en una escuela con unos profesores que mantienen y trabajan por valores como la equidad y el éxito para todos, dentro de un proyecto cultural y social (Escuelas democráticas). Entendiendo por escuelas democráticas los planeamientos recogidos en el discurso defendido por Dewey (1995), Apple y Beane (2005), y por José Gimeno (2001), Amador Guarro (2005, 2002) y Juan Manuel Escudero y María Teresa González (2000), en nuestro contexto nacional.
En este sentido partimos de la idea de que ejercer una profesión implica contar con un conocimiento especializado tanto sobre técnicas y procedimientos como sobre aspectos ideológicos y filosóficos que afectan al propio sentido y finalidades de la educación. La tarea del profesorado transciende a cuestiones estrictamente técnicas, ya que el profesor no es un simple técnico que aplica el conocimiento científico generado externamente, reduciéndose por tanto, la actividad profesional a una actividad de tipo instrumental.
Por el contrario su actividad tiene relación con aspectos como el tipo de valores y supuestos que pueden subyacer a los contextos, sujetos, y contenidos de la práctica educativa. A su vez, implica responder a una compleja tarea caracterizada por que no hay problemas, sino situaciones problemáticas que suceden en contextos particulares, con resultados imprevisibles y cargada de conflictos de valor que requieren la adopción de una posición. Estamos reconociendo el valor de los que han sido denominados planteamientos de corte deliberativo, crítico y reflexivo (Perrenoud, 2004).
Debido a que la labor docente se desarrolla en un contexto social definido como democrático, al menos formalmente, pero reconociendo que la construcción de la democracia es una tarea inacabada, y en la que la educación tiene que contribuir decididamente, se hace necesario clarificar qué significa que el profesor ha de ejercer como un “profesional democrático”. Nos parece clarificador el modo en el que lo plantea Mariano Fernández Enguita (2000: 85), al destacar que “la principal característica de un profesional democrático sería «el compromiso con los fines de la educación, con la educación como servicio público: para el público (igualitario, en vez de discriminatorio) y con el público (participativo, en vez de impuesto)», por oposición a un profesional tanto liberal como burocrático, en el que no se destacaría el componente colaborativo” en su desarrollo profesional al asumir y aceptar la necesidad de un trabajo colectivo, y colegiado dentro de la institución educativa.
Estamos en sintonía con un lema que desde la UNESCO se está impulsando hace años y que está recorriendo los países de nuestro entorno, “educación de calidad para todos”, entendiendo la calidad como un compromiso por el éxito de todos los estudiantes.

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